La chatarra se reconoce como una materia prima escasa y a la vez estratégica, con capacidad para ser reciclada un número infinito de veces, sin perder sus propiedades básicas; en Colombia es un negocio bien pago y en crecimiento, sin embargo no es muy conocido.

El panorama de este mercado frente a Latinoamérica es amplio, ya que la región es una de las mayores exportadoras de materias primas, en el caso de Colombia, es quien exporta la mayor parte de cobre y aluminio. En un documento publicado por la Bolsa Mercantil de Colombia se explica que el aumento imparable en la demanda de metales en el mercado asiático, el cual exige grandes cantidades de insumos de material no ferroso, genera un nivel significativo de importaciones, tanto así que se considera que, según la publicación, en los próximos años será China quien determine los precios de las materias primas y no Estados Unidos y Europa como actualmente sucede.

Y es que la chatarra permite obtener un mejor retorno de valor residual (lo último que se le puede sacar al activo) y contribuye al medio ambiente, en cuanto mejora los procesos de recuperación y de fabricación de ciertos materiales disminuyendo la contaminación, lo cual la convierte en un excelente negocio.

Muchas veces la empresa cree que chatarra es todo lo que sobra y que no tiene ningún valor, pero este es el primer error y el más común de todos, puesto que la chatarra es de lo que más valor tiene, tanto es así que hay un indicador en la bolsa de acuerdo al tipo de chatarra. Es muy distinto tener una chatarra ferrosa, que es la más básica de hierro, a tener una chatarra de cobre, que es la más apetecido a nivel mundial; por eso cuando China, por ejemplo, demanda cobre la economía se dispara y cuando no, la economía a nivel mundial se cae.

Lo anterior demuestra la importancia y el valor de algo que, en ocasiones, es mal valorado en las organizaciones y hasta regalado al desconocer lo que están dispuestos a pagar los compradores por esos activos. Algo que en la empresa creen que puede valer $100 millones, por ejemplo, en el mercado puede llegar a valer $900 millones, lo que nos demuestra que hay diferencias abismales entre lo que el empresario cree que valen sus activos y lo que realmente cuestan.

Más allá de percibir grandes sumas de dinero por unos activos que eran vistos como “inservibles”, las empresas obtienen otras ventajas al subastar la chatarra y saber el verdadero valor de lo que se tiene es una de ellas, ya que las organizaciones cuentan con una asesoría en la que se les dirá: “esto vale mucho, sepárelo; y esto véndalo como un lote porque lo más importante es que se lo lleven”, dice la directiva.

Otra de las ventajas de subastar la chatarra es la posibilidad de hacerlo de manera transparente y con un intermediario que vigila quién compra. “Las empresas cometen dos errores: no le dan valor a la chatarra y la regalan; o cuando lo venden al no ser conscientes de lo que están vendiendo, no tienen conocimiento de las licencias ambientales que se requieren, cuál es la mejor manera de venderlo y cuáles son los compradores idóneos”, puntualiza.

 

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