En las últimas semanas, desde algunos ámbitos se hace mucha referencia a las proyecciones económicas pos-Covid-19 de Paraguay con gran optimismo, sobre todo en comparación con algunos países de la región. Al mismo momento, explotaron temas como el endeudamiento de los hogares por salud, el trabajo infantil, el derrumbe de una escuela, la protección de una de las principales empresas públicas por parte de civiles voluntarios, el pésimo sistema de desagüe en las zonas urbanas y un estudiante accidentado. Todo ello como muestra del fracaso de un modelo de crecimiento económico que no fue capaz de generar empleos decentes ni recursos tributarios para financiar servicios públicos de calidad. Necesitamos debatir qué tipo de crecimiento queremos, porque el que tuvimos quedó claro que no fue suficiente para el bienestar.

Parece obvio que el alto nivel de crecimiento económico de los últimos 15 años no tuvo el efecto derrame que suponía la teoría económica en algunas décadas del siglo pasado. Sin embargo, en Paraguay, continuamos impulsando la idea de que el PIB es un indicador casi suficiente dada la preponderancia que le damos.

La pandemia mostró esta terrible situación y la agravó aún más. Recientemente, el niño trabajador en una olería mostró la gravedad de la situación laboral de las familias y el discurso vacío de contenidos que las autoridades y referentes hacen sobre la meritocracia, el emprendedurismo y el rol del trabajo en el combate a la pobreza.

En Paraguay, a pesar de la alta participación económica de hombres y mujeres, y hasta de los niños, el trabajo no garantiza ni siquiera dejar la pobreza. A pesar de los años de buen desempeño económico, 25% de la población permanece en esta situación y el 40% está arriba de la línea de pobreza, pero es altamente vulnerable a caer por debajo. La clase media es un mito, ya que a pesar de contar con ingresos no está protegida, por lo que una enfermedad o un shock económico la empobrece rápidamente.

El deficiente funcionamiento del mercado laboral y la inequidad tributaria impidieron que el crecimiento económico genere los recursos necesarios para que la sociedad avance en sus niveles educativos y de salud. Paraguay invierte menos de la mitad de lo necesario para lograr promedios similares a los latinoamericanos y si quiere cerrar la brecha con los países mejor posicionados debe triplicar la inversión.

Las restricciones fiscales también afectaron a la inversión en infraestructura. La mala situación de las vías terrestres y de los servicios públicos obstaculiza hasta el día de hoy la inclusión económica y social. La agricultura familiar y las mipymes, principales generadoras de empleo y alimentos para el consumo familiar, enfrentan problemas estructurales para aumentar su productividad.

En las ciudades, con cada lluvia se originan enormes pérdidas que permanecen invisibles ya que no se contabilizan a nivel macro, pero se sienten fuertemente a nivel micro. Un joven que tuvo que pedir un favor para venir a Asunción en un avión militar ante la falta de caminos y transporte público es otra de las peores muestras de esta situación, así como el papel de los bomberos voluntarios sin suficiente apoyo estatal a pesar de que protegen vidas y activos públicos y privados.

Seguir hablando de crecimiento sin cambiar los efectos del mismo y hacer que se traduzca en mejores condiciones de vida nos mantendrá en la misma senda, quedando atrapados en un falso exitismo. Necesitamos darle mayor inteligencia al debate.

 

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