La historia de la humanidad y la de Cuba, por supuesto, está llena de líderes. La vocación gregaria de los seres humanos ha sido, sin dudas, una condición esencial para la existencia y subsistencia de nuestra especie. Y esto obliga a que la organización de cualquier grupo requiera de una conducción, de un individuo que se seleccione y reconozca de alguna forma y que se constituya en conductor, o guía, o facilitador, temporal o permanente, para que todos los participantes se puedan ayudar y así tengan éxito en una tarea o en su supervivencia.

Los líderes nos conducen en misiones excelsas y también en pequeños cometidos. Fidel condujo la Revolución Cubana a derrotar un régimen de oprobio. También a comenzar la construcción de un sistema que pretende superar los regímenes en los que las penurias de las mayorías sostienen el bienestar de minorías explotadoras. Pero existen liderazgos en todos los niveles y todos los colectivos. Su ejercicio es tan diverso como las propias actividades y necesidades humanas.

Un simple taller de producción requiere de liderazgo. Una familia también, y una buena conducción es imprescindible para cualquier tipo de emprendimiento que produzca valor económico. ¿Y cuáles son las virtudes que debe exhibir el liderazgo para algo cuya misión principal sea subsistir, progresar, hacer felices a sus integrantes y reproducir la humanidad, o sea, una familia? Esta pregunta tendrá tantas respuestas como lectores estas líneas.

¿Cuáles serán las virtudes especiales para alguien que deba dirigir una entidad que crea valor económico en interés de todo el pueblo? ¿Cómo debe ser un empresario socialista?

Si lo deducimos de la metodología vigente en nuestro país desde 2017, la evaluación periódica de la actividad de un dirigente se basa en los resultados del trabajo, su ejemplaridad, exigencia y autoridad ante el colectivo, el cumplimiento de los principios éticos y la disciplina laboral, los resultados en la aplicación de lo establecido en el “Sistema de Trabajo con los Cuadros y sus Reservas”, la efectividad en el “Sistema de Control Interno”, el cumplimiento de la disciplina informativa, su capacidad laboral y de dirección, y los resultados que obtiene en su preparación. Todas estas cualidades son imprescindibles, y algunas de ellas hasta hermosas para las características que esperamos de nuestros jefes.

Sin embargo, para nuestra gran empresa pública, la socialista, la de todos, puede ser complementada en los tiempos actuales cuando ya coexiste y hasta compite con cerca de la tercera parte de la economía en manos privadas.

La forma que tenemos de evaluar el desempeño podría incluir explícitamente otros elementos de medición asociados como son, por ejemplo, los resultados del trabajo de la actividad que dirige en su cantidad y también en su calidad, la innovación permanente de todo el accionar, el emprendimiento de nuevas actividades que permitan el progreso, la gestión de asesoramiento con las fuentes del conocimiento científico y tecnológico a su alcance y la penetración de las tecnologías de información más efectivas y avanzadas.

Se requeriría también calificar la iniciativa que todo empresario debe desbordar para ello y para la solución de los inevitables y cotidianos problemas. Puede que además existan otros indicadores específicos de las diversas actividades que un empresario público debe abordar en un estado socialista.

Quedaría una frase clave para este aspecto: un desempeño próspero. El éxito debería ser un valor inalienable en la evaluación de nuestros líderes empresariales socialistas. Ellos son los servidores públicos destinados a conducir los colectivos de trabajadores para que sostengan los logros de toda la sociedad al respaldarlos con la indispensable creación de valor. No podemos darnos el lujo de que el fracaso sistemático, esté o no justificado objetivamente, sea el que marque la permanencia de alguien en un cargo de servicio público.

 

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