No sabemos si algún día será posible la teleportación cuántica para los seres humanos. Demasiadas películas nos prometen satisfacer nuestra curiosidad sobre el pasado o posibilitar el cambio de los acontecimientos mundiales. La teleportación resultante del alucinante entrelazamiento cuántico sólo es posible -por el momento- para estados o paquetes de información.

Pero vamos a soñar, que es barato. Os propongo un pequeño trayecto histórico en busca del origen de tres unidades de capacidad: Bits, QBits y Heartbeats. No es muy excitante, pero no llego a más. ¿Listos?, ¿entramos en el túnel?

El primer ordenador analógico conocido parece ser el “Mecanismo de Anticitera”, fascinante artilugio heleno descubierto a principios del siglo XX y que se cree que data del 200 a.C. Desde entonces, la computación analógica ha tenido muchos hijos naturales que han ido aplicando su utilización a muy diferentes usos. Hoy en día sigue siendo un mecanismo fiable en algunos campos. En resumen: complejos mecanismos para usos muy especializados. Para todo lo demás, esfuerzo humano –Heartbeats físicos de puro músculo- y sudor de la frente. Por lo general, prevalece la actividad humana individual, artesana y de pura subsistencia.

En la era de la computación analógica no encontramos una unidad de medida precisa. Se resuelve un problema o se ejecuta una operación y ya está. Pero los Heartbeats-los latidos humanos- sí están agotadoramente presentes. En su sentido más físico: la gran mayoría de las personas realiza su actividad de subsistencia con esfuerzo físico. Sólo unos pocos elegidos, revestidos de un talento extraordinario los aplican a iniciativas más sofisticadas: descubren continentes, crean imperios, desarrollan inventos de modo aislado… Para el resto de la raza, “cada día traía su propio afán”.

Alan Turing desarrolló a principios del siglo XX la llamada “máquina automática” e inició la historia reciente de la computación digital. Sus dos componentes –hardware y software– se especializaron para recibir y procesar la información de acuerdo con un programa elegido y a entregarla por medio de diversos soportes (impresos, comunicados, archivados…). Surgió el sistema binario que permite a nuestro ordenador desde escribir un simple texto hasta jugar a juegos 3D, utilizando sólo dos valores, que son los dígitos “0” y “1”. Los humanos nos familiarizamos con esa terminología: “on u “off”, “in” o “out”. O encendidos o apagados. Impera la concepción binaria, también en la dirección de personas. Se multiplica la capacidad de procesamiento y de almacenamiento. Hoy medimos hasta yotabites, más allá de toda noción de la medida normal.

Un sistema que permitió la automatización de muchas tareas físicas. Sin embargo, el desarrollo de complejas -y exitosas por lo general- estructuras organizativas que enmarcan el trabajo humano siguió siendo “prisionero” del concepto mecanicista básico: todo input que se introduce en el sistema da lugar a un output medible y susceptible de mejora. Y aunque hubo relevantes esfuerzos por dar más protagonismo al ser humano, hoy se aplica -esencialmente- la misma aproximación a la gestión de personas: introduce motivación y tendrás rendimiento; comunica mejor y obtendrás compromiso; forma a la gente y generarás desarrollo; mide la actividad de la persona y podrás mejorarla y otras cadenas similares. La persona parece ser predecible en su motivación y en su acción y hay que llegar a la excelencia en la “experiencia de empleado”. Porque eso son las personas para las organizaciones: empleados. Lo que pase fuera de los muros de la empresa, no es su negociado.

Surge la teoría cuántica y nos desafía a asimilar conceptos muy diferentes a los que estábamos acostumbrados a manejar. Aparecen fenómenos sorprendentes. En su aplicación más “viral” -los computadores cuánticos– la unidad de información es el QBit, basado en la posibilidad cuántica de superposición y entrelazamiento de los dos valores. Utilizando partículas subatómicas, como electrones o fotones, se logra crear un elemento que permite procesar información de tal manera que, aunque intentáramos hacerlo durante siglos con la computación clásica, no podríamos. Entre otras consecuencias, podría darse al traste con todos los sistemas de seguridad y encriptado actuales, que se derrumbarían como un murito de azucarillos ante un ataque cuántico. Es la era de lo paradójico, lo probabilista, lo indeterminado y lo superpuesto. Puede que venga de la mano de la “gestión cuántica de las personas”.

Una dosis intensiva de indeterminación, de probabilidad, de paradoja y de acciones espeluznantes como el entrelazamiento la superposición. La época en la que los QBits ganan por goleada a los binarios Bits. La era en la que los Heartbeats humanos no son solo latidos físicos o recursos influenciables a nuestra voluntad. No, la “gestión cuántica de la persona” debe asignar a nuestras “partículas” organizativas básicas -los “quienes”- las mismas propiedades que hemos descubierto en nuestro mundo subatómico: la imposibilidad de medir con certeza el estado real de una partícula, la alteración del estado de esas entidades por la observación y la medición, las superposiciones de estados coherentes, el entrelazamiento entre ellas, aunque no existan conexiones aparentes y algunas particularidades más. ¿Por qué a las  partículas y no a los humanos?

Traduciendo: que cada persona “está” físicamente o digitalmente en su trabajo con un complejo equipaje de emociones y percepciones superpuestas y no siempre coherentes o permanentes, que cada individuo modificará a su voluntad su reacción o su comportamiento ante una iniciativa de la empresa, que cada hombre o mujer entrelazará abierta o tácitamente sus emociones y su actitud con muchos otros creando alianzas invisibles o que sólo una comprensión global del ser humano logrará que las acciones directivas tengan mayor probabilidad de éxito.

Pero eso sí, si el éxito se consigue no será un éxito mecanicista ni digital. Será un éxito cuántico, un éxito empático, en el que el compromiso voluntario y personal expresado en Heartbeats –no sólo como latidos físicos, sino como expresión de “poner el corazón en algo”- provocará un efecto exponencial en el enriquecimiento de una organización.

Charles Dickens lo expresó de un modo sublime: “El corazón humano es un instrumento de muchas cuerdas; el perfecto conocedor de los hombres las sabe hacer vibrar todas, como un buen músico”. ¡Hagamos vibrar con todo su potencial los Heartbeats -los latidos físicos y los emocionales- de nuestros “quienes”!