Hace un poco más de un mes, cuando nos comunicaron oficialmente que íbamos a tener que pasar una larga temporada encerrados en casa, a muchos de nosotros se nos vino el mundo encima. ¡Qué aburrido! Se nos va a hacer muy largo el tiempo de confinamiento. Seguro que recuerdan que esos primeros días de cuarentena nos llegaban todo tipo de sugerencias e ideas para hacer más llevadero estos días encerrados en casa.

Internet se convirtió en una gran fuente de recursos por ejemplo para que los padres mantuviéramos bien entretenidos a los niños, o para que los deportistas pudieran mantener sus entrenamientos cambiando el gimnasio por el salón de casa. Museos que abrían sus puertas virtualmente, bibliotecas que daban acceso gratis a todos sus libros…grandes chefs que ponían a nuestra disposición sus mejores recetas…en fin que si uno tenía una buena conexión a internet y se aburría, era porque era un desaborido, no por falta de ofertas de entretenimiento.

¿Acaso no era que cuando uno siente monotonía se le pasa el tiempo más despacio?

Al final, para muchos de nosotros ha resultado que ese miedo al aburrimiento era solo fruto de nuestras expectativas, porque…¿no les pasa a ustedes también que sienten que los días pasan a velocidad de vértigo? ¿no notan que apenas tienen tiempo para hacer todas esas cosas que se prometían tan apetecibles al principio de la cuarentena? ¿por qué esta sensación tan contradictoria? ¿cómo funcionaba esto? ¿acaso no era que cuando uno siente monotonía se le pasa el tiempo más despacio? Si es así ¿por qué muchos de nosotros notamos que los días pasan rapidísimo si apenas hay diferencia entre uno y otro?, ¿no debería ser al contrario?

La pregunta corría hace unos días en el espacio virtual de la redacción de NIUS. La conclusión es que efectivamente este curioso fenómeno de la aceleración subjetiva del tiempo durante el confinamiento no es solo cosa mía; nos pasa a la mayoría.
Pero ¿cómo es posible que ya llevemos más de un mes así? ¿dónde están todos esos días?, ¿quién me ha robado el mes de abril? Como diría Joaquín Sabina…¡si me parece que fue ayer cuando nos confinamos en casa!

A qué se debe este fenómeno de la aceleración subjetiva del tiempo

Existe un mito que dice que, a partir de cierta edad, de los 30 años aproximadamente, el tiempo pasa más deprisa para todos. Pero esto es un simple mito que en los últimos años la neurociencia ha logrado derrumbar. Gracias a avanzadas técnicas de neuroimagen se ha podido demostrar que en la percepción del tiempo, ademas de los relojes biológicos internos controlados por los ciclos de sueño/vigilia, también están implicados circuitos neuronales relativos a la atención, la memoria y el área motora, y que el fenómeno de la aceleración subjetiva del tiempo no se da exclusivamente en personas mayores. Se da en determinadas circunstancias, como esta que estamos viviendo durante el confinamiento, independientemente de la edad que tengamos.

Es justo el efecto rutina lo que hace que tengamos esa sensación de que el tiempo para más deprisa

Mi primera aproximación científica a este fenómeno de la aceleración subjetiva del tiempo lo tuve a través de mi neurocoach de cabecera Adelina Ruano que me explicó que al contrario de lo que mucha gente piensa es justo el efecto rutina lo que hace que tengamos esa sensación de que el tiempo para más deprisa: “cuando algo es novedoso ponemos más atención, eso significa que invertimos más energía y por eso, parece que el tiempo pasa más lento”.

Esto nos ocurre a todos de niños porque estamos en modo aprendizaje permanente. Pasan muchas cosas completamente nuevas para nosotros concentradas en muy poco tiempo (son sólo unos años de nuestra vida en realidad). Sin embargo, todos recordamos nuestra niñez como una etapa mucho larga y lenta de lo que objetivamente fue.

Cuando tenía 16 años participé durante un mes y medio en la Ruta Quetzal, una expedición con el fallecido Miguel de la Quadra-Salcedo. Todavía recuerdo esa sensación rara al regresar a casa…me había ido apenas 50 días, pero me parecía que había estado fuera varios años. Las vivencias fueron tan intensas y novedosas para mí que me sacaron de mi zona de confort, me obligaron a poner más atención y a invertir más energía, por eso generaron ese efecto en mi memoria de tiempo “estirado”.

El efecto de la Rutina

Lo que nos está ocurriendo a muchos durante la cuarentena es justo lo contrario a eso. Quien más y quien menos a estas alturas del confinamiento ha logrado ya establecer sus rutinas y protocolos, ha alcanzado ya velocidad de crucero. Los primeros días de la cuarentena igual sí que fueron algo más intensos porque había que invertir más energía para adaptarnos y organizarnos en la nueva situación.

Pero una vez pasada la barrera de la primera semana y establecidas las nuevas rutinas, nuestros comodones cerebros, que tienen esta tendencia natural a establecer automatismos con el fin de ahorrar energía, nos han vuelto a generar esa sensación de tiempo acelerado…

“Porque no hay nada nuevo, porque nuestro cerebro ya conoce el proceso e interpreta que hoy será más de lo mismo. Para el recuerdo, explica Ruano, se diluyen los detalles de los días que han sido muy parecidos y por eso tenemos esa sensación de que el tiempo pasa volando”.

También la neuropsicóloga Cristina Nafría habla en uno de sus artículos de la teoría del gasto energético cerebral para explicar estos fenómenos de la aceleración subjetiva del tiempo. “Cuando una experiencia es nueva, cuando nos salimos de la rutina, nuestro cerebro gasta más energía: Tiene que estar más alerta y procesar mayor volumen de información y datos que cuando la experiencia es repetida.

Este esfuerzo mental, produce la sensación de que el tiempo se alarga. Llevar una rutina, representa una ventaja adaptativa porque permite que nuestro cerebro funcione de forma más automática y “ahorre” energía. Sin embargo, ese ahorro es justo lo que acelera nuestra percepción del tiempo”. (Nafría, 2016)

De modo que, si tomamos como referencia lo que dice esta teoría, una buena manera de engañar a nuestro cerebro para que no nos genere esa sensación de que el tiempo vuela, sería embarcarnos durante la cuarentena en actividades que nos saquen de nuestra zona de confort, que supongan un gasto de energía considerable para nuestro cerebro.

Para nuestro cerebro puede ser mucho más excitante que nos apuntemos a un curso online de pintura al carboncillo, que irnos una semana de vacaciones a las Seychelles

Pero claro ¿cómo podemos vivir nuevas experiencias o hacer cosas que nunca hemos probado encerrados en nuestra propia casa? Dicho así, parece que solo puede tratarse de cosas realmente excitantes. Lo que la mayoría desconoce es que para nuestro cerebro puede ser mucho más excitante que nos apuntemos a un curso online de pintura al carboncillo, que irnos una semana de vacaciones a las Seychelles.

La teoría del gasto energético es, en el fondo, una variación de la teoría de las experiencias memorables, la que asegura que cuantas más vivencias relevantes o dignas de recordar tengamos, más nos cundirá el tiempo.

Otras teorías que explican la percepción subjetiva del tiempo

Existen otras teorías interesantes, como la teoría de la presión del tiempo o las emocionales que también nos pueden ayudar a entender esto que nos está ocurriendo durante el confinamiento.

La teoría de la presión del tiempo está muy relacionada con el estrés y ha demostrado que la percepción del tiempo se acelera cuando sentimos que no llegamos a todo. El estrés y la ansiedad que sentimos cuando tenemos la sensación de no dar abasto nos hace percibir que tenemos menos tiempo o que este pasa más deprisa.

¿Quizás nos está pasando un poco esto en el confinamiento? No sé ustedes, pero yo sigo teniendo una larguísima lista de “cosas de casa que tengo que hacer durante la cuarentena”. La empecé al principio del confinamiento sin filtros, todo lo que se me ocurría lo plantificaba en esa lista dando por hecho que iba a tener todo el tiempo del mundo.

Ahora veo que tal vez me precipité porque la verdad es que todavía no he logrado tachar ninguna de esas “cosas”. Me pregunto si no será mejor tirar directamente esa lista a la basura para quitarme presión y no tener esta sensación de que se me va la vida sin enterarme. ¡En el fondo no están tan desordenados los armarios!

Otra manera de rebajar esa sensación de presión es aprender a gestionar el tiempo, creando una lista de tareas “con cabeza”, diseñando un calendario con todo lo que hay que hacer y delegando responsabilidades cuando sea necesario y posible.

Las teorías emocionales hablan del papel de las emociones en la percepción subjetiva del tiempo. Parece que sentir ciertas emociones como la tristeza o la calma ralentizan el tiempo. En realidad esta es una derivación de la anterior: si el estrés nos hace sentir que el tiempo vuela…la tranquilidad y la calma nos harán sentir justo lo contrario; que el tiempo se detiene.

Tiene mucho sentido. Por eso, practicar ciertas disciplinas como yoga, mindfulness o meditación nos pueden ayudar a vivir más enfocados en el presente.

¿Cómo queremos realmente percibir nuestro tiempo?

Y ahora que ya conocemos por qué ocurre este fenómeno de la aceleración subjetiva del tiempo, la pregunta que podemos hacernos es ¿qué queremos realmente?, ¿cómo queremos percibir nuestro tiempo durante la cuarentena?

Porque igual usted es de los que desean con todas sus fuerzas que el tiempo pase cuanto antes y que estos días de confinamiento no pesen en su memoria como una losa. En ese caso lo mejor que puede hacer es generar rutinas y automatizar: hemos visto que eso ayuda a percibir el tiempo de confinamiento con mayor liviandad.

Ahora bien, si usted es de los que necesita vivir intensamente cada minuto de su vida y que por nada del mundo quiere que este tiempo de cuarentena se borre de su memoria en cuanto termine, puede emplear estos pequeños trucos para estirar su percepción del tiempo:

Embarcarse en el aprendizaje de algo completamente nuevo, algo que obligue a su cerebro a ponerse en alerta. No se trata de ponerse a estudiar física cuántica ni cosas muy complejas sino de aprender cosas nuevas, por ejemplo, si nunca ha hecho un huevo frito quizás sea el momento de plantearse aprender a cocinar. ¿Qué me dice de la vieja guitarra eléctrica que lleva años guardada en el trastero?

Cualquiera de estas cosas, para su cerebro vienen a ser lo mismo que lanzarse a una aventura. Tienen que ser actividades que impliquen conexiones neuronales nuevas, pero no necesariamente complejas. Por ejemplo, si usted suele ver series de ciencia ficción, no valdría empezar a ver comedias. Para su cerebro ahí no hay nada nuevo que aprender porque, al fin y al cabo, es hacer más de lo mismo.

Organizar mejor su tiempo haciendo listas de tareas y creando una agenda o calendario para así rebajar la sensación de presión que, como decíamos antes, nos genera ansiedad, la sensación de no llegar a nada y de que el tiempo pasa volando. Esto lo podemos reforzar con técnicas de relajación. La atención plena o mindfulness, por ejemplo, nos ayuda a darnos cuenta de cómo funciona nuestro cerebro y a parar el flujo de pensamientos que nos generan estrés como los famosos “tengo que”. ¿Realmente tengo que hace esto? mindfulness nos facilita crear esos espacios de reflexión de manera natural y generar momentos de calma: una emoción que contribuye a desacelerar el paso del tiempo.

En el equilibrio está la virtud

Por último, no es necesario decantarse únicamente por uno u otro extremo. También es posible encontrar un buen equilibrio entre ambas opciones. Lo ideal es buscar momentos de rutina, por ejemplo, de lunes a viernes, para poder llevar una vida ordenada y organizada que también ayuda mucho en estos momentos.

Pero eso no quita que reservemos un rato cada día para aprender algo diferente y completamente nuevo, algo que no hayamos hecho nunca antes, algo que ponga en alerta a nuestro cerebro comodón y que le obligue a invertir una gran cantidad de energía. Si durante la semana lo tenemos realmente difícil podemos dejar estas nuevas experiencias para el fin de semana. Así, seguro que no tendremos tanta sensación de que el tiempo se nos va de las manos.