La moda de usar y tirar los dispositivos electrónicos ya es una de las mayores amenazas para el planeta, pero podemos evitarlo con gestos sencillos.

Que salga al mercado el último modelo de su móvil y que le entre la necesidad de comprarlo, incluso aunque el suyo solo tenga un año de antigüedad. ¿Le ha pasado? Es bastante común. No hay más que ver las colas que se forman en las tiendas Apple cada vez que la empresa lanza un nuevo teléfono inteligente. Queremos estar siempre a la última moda. De lo que no nos damos cuenta al consumir nuevos productos de forma tan desbocada es de las graves consecuencias medioambientales que genera. Para ser exactos, 53 millones de toneladas de chatarra electrónica al año, según datos de las Naciones Unidas. Y la cifra va en aumento, pues la organización estima que la cantidad se habrá duplicado para 2050.

Puede que ahora mismo esté pensando que usted no es de los que contribuye a fomentar esta situación, pero quizás lo haga sin darse cuenta. Por ejemplo, ¿se ha desecho alguna vez de un aparato eléctrico, tal como un tostador o una batidora, sin antes llevarlo a arreglar? «Cuando un dispositivo deja de funcionar, es frecuente que lo primero que hagamos sea dejarlo en un cajón, llevarlo a un punto limpio o, en el peor de los casos, tirarlo a la basura, pero antes de llegar a estas soluciones tendríamos que confirmar si realmente no podemos prolongar su vida o aprovechar alguna de sus piezas mediante la reparación o el reacondicionamiento», expresa Blanca Marín Zofío, Brand Manager de Back Market, el primer mercado de aparatos y dispositivos electrónicos renovados .

En España, la recogida de residuos de aparatos eléctricos y electrónicos (RAEE) corresponde a los Sistemas Colectivos de Responsabilidad Ampliada del Productor (SCRAP), creados por las propias empresas para cumplir con la normativa europea sobre esta materia, pero los RAEE no siempre acaban en las plantas de tratamiento, ya sea porque el consumidor no los recicla, porque acaban tirados en la calle expuestos a la «canibalización» de residuos –separación de las piezas más valiosas por parte de individuos que luego las revenden– o porque se exportan a países en desarrollo o se esparcen en descampados.

930.000 toneladas de basura electrónica se producen en España al año, según el informe Global E-waste Monitor 2017.

Cuando sí llegan al canal adecuado para su reciclaje surge otro problema, que las estructuras que tenemos para gestionar todos los residuos electrónicos que se generan, dada la constante y masiva fabricación y consumo de nuevos productos, es limitada.

Marín señala que un aspecto que contribuye a generar tanta basura electrónica es que «nos amparamos en la obsolescencia programada de los dispositivos para desecharlos». Esta «muerte» funcional de los aparatos, planificada por el propio fabricante, unido al elevado precio de la reparación, son el argumento perfecto para justificar la idoneidad de adquirir un nuevo producto antes que arreglar el antiguo, pero «lo cierto es que la mayoría de la gente que cambia de teléfono actualmente podría haber seguido utilizando el que ya tenía (porque seguía funcionando) o lo podría haber arreglado fácilmente», expresa la especialista.

La obsolescencia programada se quiere combatir con la nueva normativa que está preparando la Comisión Europea, que recogerá por primera vez el derecho a reparar. Lo que nosotros debemos evitar es la denominada «obsolescencia psicológica o social», es decir, el ansia de tener siempre el último modelo de todo, aunque no lo necesitemos.

70-90% de los residuos electrónicos que se producen podrían llegar a reutilizarse con el tratamiento adecuado.

Bien es cierto que la tendencia está cambiando y la notoriedad del reacondicionado se ha duplicado desde 2016. El ahorro es una de las grandes ventajas que ha contribuido a aumentar la demanda de estos productos en los últimos años, así como que las mejoras que incorporan los nuevos dispositivos tecnológicos, frente a los modelos anteriores, no son tan abismales como hace unas décadas. Si la tendencia se mantiene, conseguiremos reducir, y mucho, nuestro impacto medioambiental.

Contaminación Digital

Las cifras lo demuestran. Un móvil reacondicionado ahorra 30 kg de emisiones de CO2 frente a uno nuevo; un ordenador, 386 kg; un televisor, 345 Kg; y una lavadora, 352 kg, según datos de un informe elaborado por la Agencia de Transisión Ecológica (ADEME). Sorprende que la lavadora, que es más grande, contamine menos que un portátil, pero el impacto medioambiental de cada uno de estos artículos no depende del tamaño, sino de los componentes que contienen. Los móviles y ordenadores están compuestos de metales preciosos y tierras raras, que son difíciles de extraer e incluso de encontrar (de ahí su nombre), por lo que su fabricación contamina más. Por ejemplo, se calcula que el oro de los residuos electrónicos del mundo equivale al 11% de la cantidad total que se extrae de este metal cada año.

Aun así, para paliar los efectos de nuestro impacto en el medio ambiente falta concienciación. «Si la legislación que está preparando la Unión Europea sobre este aspecto finalmente sale adelante, 2021 y 2022 pueden ser unos años de bastante cambio», expresa la Brand Manager, «pero también debería fomentarse desde el propio Estado español, ya sea en forma de estudios, auditorías, subvenciones a los productos reacondicionados, o con pedagogía en las universidades y colegios».

Reducir el impacto ecológico de la tecnología, sin embargo, va más allá de lo material. No debemos olvidar que para poder navegar por Internet hay que construir y mantener millones de centros de datos que almacenen la información, miles de kilómetros de redes que la transporten y millones de dispositivos (ordenadores, teléfonos, tabletas…) que se conecten a la red. Todo ello tiene un coste medioambiental y se denomina contaminación digital.

«El sector se las nuevas tecnologías representa, por sí solo, entre el 6 y 10% del consumo mundial de electricidad (casi el 4% de nuestras emisiones de gases de efecto invernadero) y la tendencia va en aumento. Aproximadamente un 30% de este consumo eléctrico se atribuye a equipos terminales (ordenadores, teléfonos…), un 30% a los centros de datos que albergan nuestra información y un 40% a las infraestructuras de red», advierte el informe de ADEME.

Esta es la primera fuente de consumo eléctrico en la oficina y la segunda en el hogar, pero podemos evitar una cuarta parte con gestos sencillos como: no dejar cargadores enchufados si no hay un dispositivo conectado a ellos, utilizar ladrones de múltiples enchufes que se puedan apagar con un interruptor, configurar el modo de «ahorro de energía» de nuestros aparatos o utilizar la ‘nube’ y el ‘streaming’ lo menos posible.

 

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