El bloqueo contra el país y las restricciones sanitarias impulsan a los venezolanos a emprender nuevos oficios para sobrellevar la situación.

Jovanny, Ramón y Abraham son tres venezolanos que empezaron a trabajar –en medio de la pandemia del coronavirus– en el servicio de entregas a domicilio, un oficio que desarrollan entre las dificultades que atraviesa el país y que busca ser regularizada por el Poder Legislativo.

Los ‘riders‘, mote con el que los identifican, laboran en Guaos, un emprendimiento local dedicado a vender helados de distintos tipos y presentaciones. Todas las mañanas, de lunes a sábado, salen de sus hogares, en Caracas, para trabajar entre las 8:30 de la mañana y las 6:30 de la tarde.

Ellos coinciden que han logrado mejorar su calidad de vida desde que asumieron el oficio. Pasaron de percibir un sueldo de menos de 5 dólares mensuales, a ganar diariamente ese mismo monto (o más) en divisas, un trabajo rentable en un país que sufre un férreo bloqueo comercial impuesto por EE.UU. y la Unión Europea.

Sin embargo, estos tres trabajadores tienen en cuenta que el oficio del delivery en Venezuela carece de una ley que defina sus derechos y evite su precarización, especialmente porque es un servicio relativamente nuevo en el país. Hace apenas dos años fue que empezaron a surgir con fuerza varios emprendimientos locales dedicados al sector, y al menos una transnacional entró al mercado.

Actualmente el legislativo venezolano evalúa regularizar el servicio de entregas a domicilio. El diputado Williams Gil, dijo al medio local Unión Radio, que las propuestas están dirigidas a la protección de los prestadores del servicio, su contratación y seguridad laboral. Asegura que estos trabajadores quedan expuestos a sufrir un accidente y que nadie responda por ellos.

En el caso de estos tres venezolanos, decidieron trabajar directamente con la heladería y no entrar a una cadena dedicada al ramo, porque reciben el pago directamente y no dependen de terceros. Siempre salen a trabajar con mística, tanto por sus clientes como por el sustento de sus hogares porque la situación, dicen, es apremiante: es difícil conseguir un trabajo que les dé el mismo ingreso pagado en bolívares, debido a la hiperinflación que sufre la moneda venezolana.

Este oficio, por lo pronto, les ha permitido -como dice Ramón- «ver la otra cara de la moneda«. Además, aseguran que ahora pueden tener expectativas de ahorro y ya no piensan en emigrar por la situación económica.

Los tres se distribuyen la carga de forma organizada y equitativa. Manejan una pizarra en la que colocan sus viajes, primero las rutas largas y luego las cortas. Reciben los pedidos de la persona que atiende a los clientes vía telefónica, quien a su vez confirma los pagos y destino de las entregas. Seguidamente, buscan los productos en las neveras y salen a la calle.

El encargado de Guao Helados, Henry Contreras, destaca que su equipo de repartidores realiza un trabajo fundamental para la empresa, con un impacto positivo de al menos 30% en las ventas, que con las restricciones de la pandemia cobra aún mayor importancia.

Jovanny: El mototaxista que emigró y volvió

Jovanny Martínez es el que tiene más experiencia como motorizado. Tiene 40 años y 4 hijos. Antes de hacer entregas a domicilio era mototaxista, oficio que decidió dejar porque no le era rentable.

Antes de su labor en la heladería, emigró a Barranquilla, Colombia, una ciudad en la que tuvo su primera experiencia como «Delivery». Para hacerlo, tuvo que vender su moto para comprar el pasaje de salida del país. En la localidad colombiana, el oficio le permitió sostenerse, enviar remesas a su familia y ahorrar durante un año para retornar a Venezuela, donde dice sentirse mejor.

Al llegar a Caracas se sobrevino la pandemia. Jovanny no dudó en invertir sus ahorros en una moto para hacer los repartos. «Hace un año comencé a hacer Delivery aquí, me ha ido excelente y me ha servido para encaminarme. Es un trabajo que me ha permitido solventar las cosas desde un punto de vista económico y familiar», cuenta.

Vive en Carapita, en el oeste de Caracas, junto a su pareja. Sale todas las mañanas hacia San Agustín del Norte, en el centro de la ciudad, donde se encuentra la heladería.

Para él lo más difícil de hacer delivery «es el tema de la gasolina«, que escasea debido a los efectos del bloqueo y a las recientes sanciones de EE.UU. al diésel. Cuenta que a diario le toca recargar al menos 10 litros y cuando es un día «movido», debe volver a repostar para terminar la jornada.

«A veces la gasolina no rinde el día completo porque los viajes largos consumen mucho, te obliga a recargar. Cuando puedo, lo hago en bombas privadas (a 0,50 centavos de dólar por litro), si no, trato de conseguir alguna subsidiada (0,002 centavos de dólar por litro) en la que pueda colocar sin tener que hacer tanta espera por la cola».

Resalta que en un buen día puede llegar a tener ingresos de 20 dólares y, cuando hay poco trabajo, unos 5 dólares. «Cuando ya uno pasa los 15 dólares, es un día bueno, incluso teniendo un día de 10 también es bueno y si solamente agarro 5, los agradezco. Hubo un día que hice 50, pero si logro hacer un mínimo de 25 semanal, yo vivo feliz».

Este trabajo, dice, le permite compartir con su familia, integrarse más, comprar lo que necesitan sus hijos y apoyar a sus padres.

«Ahora sí puedo verle el queso a la tostada. Aquí uno puede generar expectativas a futuro, comprar un buen mercado de comida y de vez en cuando darse un gusto: un pollito a la brasa con su refresco. Eso sí, todo es con esfuerzo y dedicación porque este trabajo no es fácil, es un sube y baja, hay días buenos y otros no tanto, pero si uno hace las cosas bien, te va a ir bien».

De la oficina a la moto

La segunda historia es la de Ramón Marcano, un joven de 26 años que dejó su trabajo formal en la oficina de Recursos Humanos de una alcaldía para asumir su primera experiencia como repartidor, donde labora desde hace 9 meses.

«Comencé con la moto por la necesidad de buscar otra entrada de dinero y también porque me gusta manejar. El cambio ha sido muy bueno. Esto me ha ayudado bastante en lo económico e incluso en lo laboral, porque aprendí otro oficio», explica Ramón.

Para él, la responsabilidad de hacer las entregas se traduce en llegar rápido, «manejando bien y con cuidado». «Nuestra mercancía son helados y tenemos que entregarlos en buen estado, que no se derritan, ese es un compromiso con el cliente y con la empresa. Si quedamos mal, queda mal la empresa».

A Ramón también le ha tocado hacer viajes largos. «He ido hasta Guarenas (cerca de 40 kilómetros de distancia), a Los Teques, a La Guaira. Lo más lejos que llegué fue a playa Los Cocos (a casi 42 kilómetros de distancia de Caracas o 50 minutos de viaje)».

Un tema fundamental en el oficio del delivery es el mantenimiento de la moto. Comenta que cada dos semanas le hace cambio de aceite y lo puede pagar con sus ganancias de trabajo.

Cuando la crisis económica golpeó más fuerte a Venezuela, Ramón llegó a pensar en irse del país. «El delivery me cayó como un regalo de Dios. Ya no pienso en eso, con este trabajo me puedo mantener y ayudo a mi familia».

Sostiene que si tuviera la oportunidad de regresar a estar detrás de un escritorio, lo pensaría dos veces. «Aquí hay mucho compañerismo y eso me motiva. En la oficina uno puede estar más tranquilo, pero no creo que pueda ganar más».

De abogado a Delivery

La tercera llave de este equipo la tiene Abraham Rivas, un joven de 23 años, graduado como abogado y que hasta hace poco trabajó en el Ministerio Público. La situación de la pandemia y los bajos ingresos lo motivaron a buscar otro trabajo.

«Al estar en una institución pública y que el país esté tan recortado en los presupuestos para las instituciones, me vi en la obligación de dejar el trabajo, principalmente por el tema económico».

Abraham vive con su mamá en Petare, al este de la Gran Caracas. Comenzar este oficio lo hizo cambiar su forma de pensar: «Yo creía que un tipo de trabajo te denigraba, eso es mentira. Yo, que tengo una carrera profesional, estoy haciendo delivery y eso no me quita nada, al contrario, me aporta».

Sin embargo, entre los inconvenientes de este trabajo, lamenta que a veces le toca lidiar con clientes que no respetan su labor. Sin embargo, resalta que la mayoría son amables y que, incluso, lo reciben con un vaso de agua o le regalan un helado. «Eso siempre se agradece».

Argumenta que el Delivery también tiene un fin social, pues muchas personas no tienen vehículo propio para trasladarse y menos con las restricciones de la pandemia y la dificultad de la gasolina.

«Algo que siempre es necesario en la familia es que alguien vaya a la calle y produzca, que aporte. El venezolano está evolucionando hacia una conciencia más trabajadora, y la mayoría de los motorizados y los que hacemos delivery estamos pendiente es de trabajar, de salir adelante sin dañar a nadie».

 

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