El incremento de precios de cereales y minerales apunta a un nuevo superciclo que, sin embargo, pone en grave riesgo el sector manufacturero.

Fazendas de soja. Santarem. Brasil. 13/05/2006

Selva amazónica deforestada en el estado brasileño de Pará para el cultivo de soja.

En Ciudad del Este, a orillas del inmenso río Paraná, que marca la frontera entre Paraguay y Brasil, conviven los sectores más golpeados por la crisis económica que ha dejado la pandemia y los que ofrecen tal vez una posibilidad de salir del agujero. El turismo que viene en masa para ver las espectaculares cataratas del Iguazú brilla por su ausencia y los centros comerciales en Paraguay, antes atestados de compradores brasileños, están vacíos. Aunque la frontera está abierta y para cruzarla no es necesario hacerse ninguna prueba PCR o de antígenos, “la gente tiene miedo a venir”, como dice un joven paraguayo que se ofrece como guía para encontrar las tiendas con mejores precios.

Pero en los campos, en los alrededores, una vasta alfombra de cereales –soja, maíz, trigo según la estación– se extiende por ambos márgenes. “En estos momentos, los precios de la soja en el mercado de Chicago y de Rosario (Argentina) rebasan los 500 dólares la tonelada frente a un precio medio 350 en los diez últimos años”, explica Karsten Friedrichsen, agricultor paraguayo hijo de inmigrantes alemanes y presidente de los productores de soja del país. “Tuvimos un shock con la pandemia, pero ahora hay una oferta insuficiente”.

El precio de la soja se ha incrementado un 56% anual ante la nueva demanda de los productores de carne de pollo y cerdo de Europa y Asia

El precio internacional de la soja ha subido un 56% en un año y el del maíz un 68%. Los grandes intermediarios instalados en el sur de Brasil y Paraguay –Cargill, ADM, Bunge y, en la zona de Ciudad del Este, el ruso Sodrugestvo– están comprando hasta la última haba. Se transporta la soja y el maíz en barcazas por el Paraná hasta Montevideo o en carretera hasta Paranaguá, en la costa brasileña. Después, va en barco a Europa y Asia, donde la mayor parte alimentará a pollos y cerdos.

Con una demanda mundial de cereales en auge otra vez –Asia, especialmente China, importa 100 millones de toneladas de soja al año, y Europa, 170 millones–, la producción paraguaya de 10 millones de toneladas se vende sin necesidad de esperar. En la capital, Asunción, cientos de comercios han cerrado y los indígenas guaraníes piden comida por las calles. “Pero el agronegocio paraguayo ayudará a encontrar una salida a esto –asegura Friedrichsen–. Las divisas que entran por la exportación de carne y soja están respaldando la economía”.

Perú gravará los beneficios

Al nuevo presidente peruano, Pedro Castillo, se le acusa de ser comunista cuando defiende elevar los impuestos a mineras como Freeport McMoRan, Newmont Corp o Barrick Gold, que representan el 60% de las exportaciones peruanas. Pero la idea de gravar los beneficios anormales de empresas extractivas en tiempos de bonanza es bastante ortodoxa. Según Pedro Francke, el nuevo ministro de Hacienda peruano, “con el precio del cobre en sus niveles actuales los beneficios son bastante elevados” y hay posibles ingresos fiscales por valor de unos 9.000 millones de dólares. Se pueden conseguir mediante una subida de royalties o bien por un impuesto sobre beneficios extraordinarios o windfall tax. No es una medida radical: Bill Clinton, Barack Obama y Tony Blair adoptaron impuestos windfall en el sector petrolero y energético.

La situación es parecida al cruzar el río. Los estados sojeros del sur brasileño –Paraná, Río Grande del Sur, Mato Grosso del Sur– pasan por momentos de euforia. En el estado de São Paulo, en la llamada capital del agronegocio, Ribeirão Preto, las exportaciones desde azúcar a carne bovina, café o cítricos crecen como la espuma. Más al norte, en Mato Grosso, el estado amazónico, así como en los estados del llamado Cerrado, donde la deforestación legal o ilegal abre paso a los cultivos de cereales, la nueva economía agro prospera. La exportación de carne vacuna, con Brasil en el primer puesto mundial, se recupera también con fuerza.

La minera brasileña Vale consiguió 5.000 millones de dólares de beneficio en el segundo trimestre de este año

No solo es un momento de bonanza para los grandes agricultores latinoamericanos. En la región más dependiente del mundo de recursos naturales, otras materias primas registran una fuerte recuperación tras el colapso de precios a mediados de la década pasada. Los precios de los minerales, del cobre al hierro, han despegado. Tras caer a 60 dólares la tonelada, entre el 2016 y el 2020 el precio del hierro se ha disparado hasta niveles superiores a los 200 dólares, conforme la demanda de las siderurgias chinas se recupera.

Vale, la gigantesca minera brasileña con sede en Río de Janeiro, vive un momento de euforia tras un calvario de desastres medioambientales, al igual que otras multinacionales mineras. Los beneficios de Vale –cuya enorme mina de Carajás, en la Amazonia occidental, bate récords de producción otra vez– rebasaron 5.000 millones de dólares en el segundo trimestre de este año.

Al otro lado de la cordillera andina, países como Perú, Bolivia y Chile, que dependen de la exportación de metales, ven una salida también de la recesión y una crisis fiscal. No es solo un rebote cíclico. El precio de muchos minerales, sobre todo cobre y litio, se ha visto impulsado por la épica transición energética global a la economía de emisiones cero.

El anterior gran ciclo llevó a la región a su mejor tasa en décadas de crecimiento y reducción de pobreza

La duplicación del precio del cobre desde abril del 2020 está ayudando a Chile a sortear los obstáculos de la pandemia y las incógnitas políticas. En Perú, mientras se produce una fuga de capitales tras la victoria electoral del líder de la izquierda Pedro Castillo, los precios boyantes del cobre, la plata y el aluminio pueden ayudar al nuevo gobierno a capear la tormenta. En Bolivia, la subida disparada del precio del litio está dando una segunda vida a la apuesta de Evo Morales y su entonces ministro de economía Luis Arce –ahora presidente– por una nueva industria basada en este mineral y las baterías.

Asimismo, los precios del petróleo y el gas se han recuperado rápidamente en los últimos meses. Tras caer hasta 30 dólares el barril, el precio de crudo Brent ya rebasa los 70 dólares y el precio del gas natural se ha duplicado en los últimos años. Esto ofrece un rayo de esperanza para países cuyas economías dependen en gran medida de la exportación del crudo. Venezuela en primer lugar, con Ecuador, Colombia y México detrás. Sin olvidar Brasil, donde la compañía Petrobras acaba de registrar beneficios superiores a 800 millones de dólares frente a las pérdidas el año pasado. De la misma forma, la recuperación del gas ayuda a Bolivia a salir de su recesión.

En el último superciclo, el real llegó a la paridad con el dólar, provocando una crisis de competitividad

Para algunos analistas como Ruchir Sharma, estratega jefe global de Morgan Stanley, “las commodities parecen estar entrando en un nuevo superciclo y América Latina debería beneficiarse más que otras regiones”. El gran ciclo anterior, que terminó a mediados de la década pasada, ayudó a América Latina a lograr su mejor tasa de crecimiento y reducción de la pobreza en décadas, coincidiendo con la llamada marea roja de gobiernos progresistas durante la primera década y media del nuevo siglo. “La historia demuestra que el destino de América Latina sube y baja en función de los precios del petróleo, el hierro, el cobre y otras materias primas”, afirma Sharma.

Tarcísio Gomes de Freitas, ministro de Transportes de Brasil, confía en que el auge de las commodities generará por fin un aumento de inversión en infraestructuras. “Todo el país va a estar en obras en poco tiempo”, vaticinó. La inversión extranjera directa cayó un 50% en Sudamérica el año pasado y el 62% en Brasil.

Pero una nueva bonanza de las materias primas también creará problemas. En primer lugar puede acelerar un largo proceso de desindustrialización. Mientras que la zona agrícola del estado de São Paulo despega, el cinturón industrial de la capital atraviesa una crisis profunda. En São Bernardo do Campo, en las afueras de la megalópolis donde el expresidente Lula da Silva fue líder sindical en los años 70 del siglo pasado, una noticia desoladora llegó en enero cuando Ford anunció su marcha de Brasil. “Ford había permanecido en Brasil durante muchas crisis y ahora se ha marchado: es grave”, dijo un economista del banco de desarrollo BNDES. Se perderán 5.000 empleos directos.

Los estados sojeros del sur brasileño –Paraná, Río Grande del Sur, Mato Grosso del Sur– viven días de euforia

La dependencia económica de las materias primas suele coincidir con una sobrevaloración de la tasa de cambio, ya que la demanda de productos como soja, hierro o cobre no necesita una divisa competitiva, porque se comercian en dólares en el mercado internacional. Durante el último súper ciclo, el real brasilero casi llegó a la paridad con el dólar, provocando una crisis de competitividad para la industria manufacturera brasileña. Las exportaciones industriales en Brasil cayeron del 54% de 1998 al 37% del 2017. Aunque la tasa de cambio actual en Brasil es muy competitiva –cinco reales por dólar–, “cuantos más dólares entran por la venta de commodities , más dolarizada se vuelve la tasa de cambio”, dice Elias Jabbour, economista especializado en Brasil y China de la Universidad del Estado de Río de Janeiro . “Y eso significa más desindustrialización”.

Incluso el ministro de Hacienda del gobierno conservador de Jair Bolsonaro, el hiperliberal Paulo Guedes, se ha mostrado preocupado. “Poco a poco estamos viéndonos más desindustrializados”, declaró el mes pasado. El cierre de la Ford tiene un fuerte simbolismo en Brasil. En los años 20 del siglo XX, Henry Ford quiso construir una ciudad del automóvil, Fordlandia, en la Amazonia, para aprovechar los árboles de caucho. Está tomada por la densa selva y los monos trepan por las viejas fábricas. Pero a unos kilómetros, la soja avanza.

La factura medioambiental

Los gobiernos latinoamericanos tienen una gran oportunidad para aprovechar la bonanza de las materias primas y aumentar así sus ingresos tributarios, una fuente de ingresos muy útil para afrontar una crisis fiscal emergente, ya que existe un peligro real de insolvencia en la deuda soberana en diversos países, como ya ha ocurrido en Argentina y Ecuador.

Pero una recuperación basada en las exportaciones de commodities no será muy solida, advierte Elias Jabbour, economista de la Universidad del Estado de Río de Janeiro. “No generará una recuperación con fuerza porque, por ejemplo, el sector agropecuario no genera efectos de encadenamiento en el resto de la economía ni genera empleo ni una renta insuficiente para mantener la economía en pie, para eso necesitamos una base industrial sólida e inversión productiva”, señala.

La deforestación de la Amazonia para hacer nuevos campos de cultivo parece estar detrás de la actual sequía

Hay otro problema: los precios de las materias primas son muy volátiles. A principios de la década pasada muchos gobiernos latinoamericanos consideraban que habían salido ilesos de la crisis financiera del 2008-2011 gracias a la demanda china de sus commodities. Pero entre el 2013 y el 2015 los precios se desplomaron, empezando por el petróleo, y la región atravesó una de las peores recesiones de la historia.

La Unctad , agencia económica de las Naciones Unidas, recomienda adoptar medidas fiscales contracíclicas, como fondos de contingencia que puedan ser utilizados en momentos de crisis. Pero en estos momentos de crisis y hambre en América Latina será difícil pensar en el futuro .

El problema principal de basar una estrategia de crecimiento económico en las materias primas, sin embargo, se ve en el mismo río Paraná, rodeado del nuevo paisaje de los cultivos de soja. El gigantesco río discurre a diez metros por debajo de su nivel normal y enormes rocas antes sumergidas dibujan un paisaje lunar. El río, de 4.880 kilómetros, ha perdido el 50% de su colosal caudal debido a la larga sequía en el centro y norte de Brasil . Otros ríos, como el Paraguay –que cruza desde Brasil a Asunción pasado por otras regiones de soja– y el Madeira, en la Amazonia, también están sufriendo los efectos del descenso de la lluvia en partes extensas de la enorme superficie brasileña

El escaso caudal de los ríos amenaza también
con provocar una crisis energética dada la dependencia hidroeléctrica

Esto puede parecer un problema para medioambientalistas, y no para los economistas, que buscan una recuperación como sea en América Latina. Tal vez los asesores de Jair Bolsonaro piensen así. Pero en realidad, la sequía es de importancia vital para la economía brasileña. Primero porque el bajo nivel de los grandes ríos está creando problemas logísticos para el transporte fluvial. Esto es especialmente problemático dada la mala calidad de a infraestructura viaria y la casi ausencia de ferrocarriles. Segundo, porque amenaza con provocar una crisis energética debido a la dependencia del suministro eléctrico brasileño de centrales hidroeléctricas como la gigantesca represa de Itaipú, a solo 20 kilómetros de Ciudad del Este, en Paraguay. Crecimiento económico sin energía es imposible.

Lo más grave es que la pérdida de precipitaciones, con toda probabilidad a causa de la deforestación en la Amazonia y sus alrededores para allanar el terreno para ganado y soja, es un a amenaza precisamente para los productores de estos cultivos. “La soja necesita mucha agua y no se puede cultivar en cualquier lugar”, dice el productor sojero paraguayo Karsten Friedrichsen.