«El trabajo asalariado está desapareciendo de la faz de la tierra: hoy todos son obligados a actuar como gerentes de sí mismos, a ser emprendedores, freelancers, subcontratistas o trabajadores independientes», dicen los investigadores de la Universidad Nacional.

Los términos del Pequeño glosario que hemos comentado hasta ahora tienen la ventaja de estar a caballo, por así decirlo, entre la academia y el debate público: aunque se refieren a cuestiones académicas o a debates dentro de la universidad, cualquier lector puede identificarlas, aunque matizadas, en la discusión política actual.

A partir de hoy, eliminaremos el adjetivo de nuestro proyecto. Se llamará Pequeño glosario de antintelectualismo, a secas, para darle más espacio al antiintelectualismo en el debate público, sea éste de carácter académico o no. Las dos entradas de esta entrega, dedicadas a la expresión “Clase trabajadora” y a la práctica del Coaching, apuntan en esa dirección.

Clase Trabajadora

Ya no se dice “proletariado”, se dice “clase trabajadora”. El reemplazo del término técnico por el eufemismo tiene varias explicaciones. La más evidente es ideológica: la palabra “proletariado” fue usada por Marx y los marxistas, y todo lo que huela hoy a Marx tiene el desagradable tufo de la ideología. La segunda tiene como fin la difuminación del trasfondo histórico del término.

En la Antigua Roma, los proletarii eran los más pobres y numerosos, los que carecían de propiedades y sólo podían aportar a sus hijos, su prole, para engrosar las filas del ejército. De modo similar, en la teoría económica el proletariado designa a todos aquellos cuya única fuente de subsistencia es su fuerza de trabajo, que ponen en venta al mejor postor; también son los más numerosos, también los más pobres, los que no tienen otra cosa diferente de su cuerpo para enfrentar la competencia en el mercado.

“Clase trabajadora”, en cambio, es una expresión más vaporosa: designa una identidad, y por lo tanto sugiere una opción, algo fortuito, que puede incluso ser afirmado, como una pertenencia, sin hacer explícita una situación objetiva de injusticia.

La tercera razón es política y tiene que ver con que la palabra “burguesía” también ha desaparecido del vocabulario intelectual. Hoy se habla en cambio de “la clase alta”, “los más ricos”, “los multimillonarios” o “el uno por ciento”: todos estos eufemismos apenas denotan la cantidad de riqueza o la pertenencia a un círculo social exclusivo.

La palabra burguesía designaba no sólo una posición concreta dentro de las relaciones de poder social (en el ocaso de la Edad Media, los burgueses eran los habitantes de los burgos y por lo tanto no estaban sometidos al poder de los señores feudales), sino también un conjunto de actividades específicas en el marco de las relaciones capitalistas (prestamistas, comerciantes y artesanos libres).

Los nuevos eufemismos borran de un plumazo la historia del capitalismo que se acumulaba en los términos antiguos, y junto a ella, la capacidad de comprensión histórica de los fenómenos que les dieron origen y que los confrontan con el presente. Si el sistema capitalista se basa en la disputa de todos por la acumulación del capital, es apenas obvio que el proletariado y la burguesía sean clases antagónicas: al fin y al cabo, ambas quieren lo mismo, la riqueza que se puede extraer del trabajo asalariado.

La lucha de clases no es, como pretende la derecha, un fenómeno fortuito, alimentado por el odio de ciertos sectores sociales en contra de otros, sino un elemento estructural de la forma en que el capitalismo ha constituido nuestras relaciones sociales. “Proletariado” y “burguesía” ponen en primer plano la naturaleza antagónica del capitalismo que las expresiones “clase trabajadora” y “los más ricos” maquillan con tanta eficacia.

Pero los eufemismos actuales son también el reflejo de otro fenómeno, más inquietante aún. La naturaleza antagónica del capitalismo ya no se expresa bajo la forma tradicional del enfrentamiento entre proletariado y burguesía, pues ambas clases han venido siendo borradas de la realidad social.

Hoy en día, cuando el capital tiende cada vez más hacia los mercados de especulación financiera, las privatizaciones o la economía del conocimiento, la riqueza ha dejado de ser extraída de la explotación del trabajo asalariado, y tampoco se puede asociar inmediatamente, como antes, con una clase social más o menos clara de propietarios del capital.

Por eso, ya no se puede hablar de burguesía en sentido estricto, sino de un capital anónimo pero omnipresente que actúa como el principio común que determina la vida de todos los individuos, sin distinción alguna de la cantidad de riqueza que posean (o que no posean). Los sujetos ya no se definen por su carácter de propietarios o trabajadores, y los más pobres ni siquiera pueden aspirar a ser como mercancías que se ofrecen al mejor postor en el mercado de trabajo, porque el trabajo asalariado está desapareciendo de la faz de la tierra: hoy todos son obligados a actuar como gerentes de sí mismos, a ser emprendedores, freelancers, subcontratistas o trabajadores independientes. El trabajo asalariado se ha vuelto descartable y se encuentra al borde de la extinción, al borde de ser suplantado, sin dejar rastro, por las innumerables formas del rebusque.

Desde este punto de vista, la expresión “clase trabajadora” no es solo una forma más suave o decorosa de referirse a un proletariado que ya no existe: es, en verdad, una mentira que podría calificarse como soberana.

En primer lugar, por su enorme tamaño: es gigantesca la brecha que separa a la “clase trabajadora” de la realidad contemporánea, en la que el trabajador asalariado, como alguien que cuenta con algunas certezas económicas, sociales y temporales, ya no es más que un ejemplar aislado, por no decir un fósil, de una especie de otra era geológica; no es casual, de hecho, que los cada vez más escasos trabajadores asalariados que sobreviven hoy sean vistos por la mayoría como privilegiados que gozan de una suerte inmerecida.

En segundo lugar, es una mentira soberana por su autoridad imaginaria: la expresión “clase trabajadora” tiene el curioso poder de invocar, como si todavía existiera y con el aura que la rodeó en otra época, a esa especie desaparecida, con todo lo que esto implica: una identificación gremial, unos lazos de solidaridad, unos intereses comunes.